Se comercia con indignación, se subastan agravios y se fabrican certezas al por mayor. La polarización es un negocio tan antiguo como rentable, perfeccionado hoy con la velocidad de la era digital y alimentado por estrategias heredadas de imperios que sometieron y doblegaron civilizaciones enteras.

Requiere poca materia prima —rabia, memoria selectiva y un repertorio de agravios históricos— y entrega dividendos inmediatos. Nuestros políticos contemporáneos reciclan viejas arquitecturas de dominación, ya probadas en épocas que asumieron el caos, la muerte y la destrucción como precio legítimo para controlar a las masas. La consigna permanece inmutable: el adversario carga siempre con la culpa. El resto se reduce a ornamento retórico y cortina de humo.
La arqueología del rencor
La historia se manipula como un arsenal de poder simbólico, tejido con capas de memoria y olvido según convenga. Se extraen reliquias que actúan como estandartes ideológicos, mientras se pasean visigodos, cruzados, inquisidores o dictadores con el fervor teatral de un coleccionista que convierte trofeos de guerras ajenas en credenciales de autoridad. El discurso alcanza su parodia cuando se justifica la matanza de un primo porque un tío abuelo sacrificó una gallina sin permiso, y así el agravio menor del adversario se mide con la balanza inflada de la tragedia propia. La exactitud histórica se sacrifica ante la eficacia del mito político, que condensa emociones, resentimientos y justificaciones en un relato cómodo de repetir y difícil de desmontar. Este mecanismo, perfeccionado por imperios que sometieron pueblos enteros mediante propaganda y control de la memoria, transforma el pasado en un dispositivo de legitimación moral que otorga precio y valor a los muertos según la utilidad que brinden a la causa. La verdad histórica queda relegada a ornamento protocolario, mientras el objetivo real —alimentar, consolidar y magnificar el odio propio— se mantiene con la solidez de una piedra tallada para durar siglos.
La ceguera de la certeza
El dogmático dicta, jamás interroga, y cada palabra suya lleva la carga de quien se percibe como guardián de un legado incuestionable. El dogmático encarna a quien confunde creencia con verdad absoluta y convierte la duda en enemigo, alimentando una fe que se nutre del rechazo sistemático a cualquier matiz. Su credo, elevado a la categoría de aire indispensable, se respira con la solemnidad de un rito milenario. Vive rodeado de espejos que replican su voz hasta que el eco se confunde con la voz del universo, y en ese reflejo interminable se fortalece la ilusión de infalibilidad. La polarización actúa como combustible de esa ceguera: refuerza la idea de que existen únicamente dos polos y que cualquier punto intermedio representa una amenaza a erradicar. Esa ceguera alcanza extremos que, vistos desde fuera, rozan la sátira de un humorista consagrado: la animalista y feminista que renuncia a la carne en nombre del respeto animal, pero defiende con fervor el Día del Cordero en una comunidad musulmana, donde el sacrificio lo realizan los hombres para evitar la mano impura de la mujer. Cerrando su discurso con una oda a “respetar las tradiciones”, de modo que en esa jerarquía improvisada el animal y la mujer pasan a un segundo plano, subordinados al altar intangible de la costumbre. Y si alguien expresa desacuerdo con que se corte la yugular a cuchillo al animal, pasa a ser etiquetado como un ser despreciable, adornado con múltiples apellidos infamantes. De chiste, si no fuera porque en el fondo, la ceguera da miedo. Cada disenso, lejos de abrir debate, se convierte en prueba irrefutable de la maldad del otro y en confirmación de la pureza propia. El fin último de esta dinámica radica en perpetuar un estado de guerra moral que otorga identidad, pertenencia y poder a quienes dictan las reglas del enfrentamiento. La certeza total se erige así como un escudo forjado para resistir cualquier corriente de pensamiento ajeno, ya que admitir que la idea venerada, pulida y elevada a altar, presenta fisuras, equivaldría a aceptar que su imperio mental descansa sobre piedra quebrada.
La herejía de la empatía
La empatía se convierte en un artefacto explosivo cuando roza una mente polarizada, pues amenaza con abrir grietas en el muro que separa al propio bando del enemigo eterno. Un instante de comprensión puede desmontar años de propaganda personal y desarmar la narrativa de pureza cuidadosamente construida. En este terreno, reconocer un argumento válido en el adversario se convierte en herejía estratégica: un gesto que compromete la cohesión del grupo y el relato que lo ampara. El desprecio se eleva a escudo, y todo impulso de entendimiento se sofoca antes de nacer. Este tipo de ceguera alcanza tal nivel que, visto desde fuera, parece una caricatura del pensamiento: un discurso que se enreda en contradicciones tan profundas que la coherencia deja de importar, siempre que sirva para proteger la narrativa propia y mantener intacto el muro que separa al bando propio del adversario. La consigna se mantiene férrea y ceremonial: toda verdad ajena debe retorcerse hasta perder su forma, para que jamás pueda infiltrarse en el imaginario propio ni resquebrajar la arquitectura del enfrentamiento.
El rencor, la ceguera y la alergia a la empatía conforman un trípode perfecto para sostener cualquier guerra ideológica. Funcionan como el guion de una obra grotesca, en la que el adversario se convierte en un contenedor de culpas y crímenes acumulados durante siglos. Así, en guerras civiles como la de España, se llegaba a buscar monjas para violarlas y quemarlas vivas por el mero hecho de serlo, incluso cuando en su fuero interno compartieran la visión del verdugo. El polarizado justifica la atrocidad con un simple “mataron al poeta” y, a partir de ahí, asigna títulos infames al discrepante que condene el acto. Cuestionar el linchamiento se interpreta como un deseo de perpetuar otros crímenes, y en ese salto lógico, cualquier voz crítica pasa a ser cómplice de genocidios remotos, quizá de los pueblos originarios de América, todo por culpa de una monja a la que jamás conoció. Esta lógica sarcástica y brutal otorga una absolución retroactiva a todo crimen propio, siempre que se encuentre en los anales del rencor un cadáver ajeno más conveniente para la causa.
Y aquí surge la verdadera obscenidad: la polarización carece de vocación por la justicia o la memoria, busca propiedad exclusiva sobre el dolor. Quien monopoliza el sufrimiento controla la narrativa, y quien controla la narrativa decide a quién se venera y a quién se quema. Los polarizados convierten la indignación en moneda, la sangre en argumento y el cadáver en pancarta. Prefieren el insulto a la réplica, porque el insulto es más rápido, más rentable y más contagioso. Y cuando lean estas líneas, arderán de ira, debido a que amenaza con dejarles sin su combustible más preciado: la certeza perpetua de que el otro siempre merece arder.

