Crónicas gastronómicas de La Rioja: El golmajo de una tierra dulce

El golmajo de una tierra dulce: tradición y sabor en la repostería riojana.

El golmajo de una tierra dulceNos transportamos a una tierra donde el tiempo madura el vino en barricas de roble y, a la vez, guarda como un tesoro celoso recetas dulces que han viajado de abuela a nieta, de fogón a fogón, resistiendo el embate de la modernidad. El golmajo de una tierra dulce. 

Aquí, los dulces trascienden el simple placer del paladar: son cápsulas de memoria, reliquias de una tradición que se niega a desvanecerse. 

Mientras el mundo corre tras tendencias efímeras, en esta tierra de viñedos y huertas, los fardelejos, los ahorcaditos y las peras al vino tinto siguen siendo un testamento vivo de lo que significa heredar el sabor de generación en generación. 

Fardelejos de Arnedo: El golmajo de una tierra dulce. 

En Crónicas Gastronómicas de la Rioja comenzamos por los fardelejos. Son el estandarte dulce de Arnedo, un municipio abrazado por el río Cidacos.

Su historia se remonta a la influencia árabe que llegó a la península en los siglos medievales, cuando la almendra molida se convirtió en oro comestible.

En un pequeño obrador, las manos expertas mezclan almendras ralladas, azúcar y huevos hasta formar una pasta densa que luego se envuelve en hojaldre, se fríe y se espolvorea con azúcar glas. El resultado es un bocado crujiente por fuera y tierno por dentro, un contraste que evoca el carácter riojano: recio pero acogedor.

En las fiestas de San Cosme y San Damián, en septiembre, los fardelejos se multiplican en las mesas de Arnedo, y los mayores aún recuerdan cómo sus abuelas los preparaban con el hojaldre estirado a mano, sin prisas, como un ritual sagrado.

Ahorcaditos de Santo Domingo de la Calzada: Un dulce con historia

No muy lejos, en Santo Domingo de la Calzada, los peregrinos del Camino de Santiago se topan con los ahorcaditos. Un dulce tan peculiar como su nombre.

Su forma retorcida, que recuerda un lazo o —según algunos— el nudo de un ahorcado. Es solo el comienzo de su encanto. 

Hojaldre relleno de crema de almendra, a veces con un toque de cabello de ángel. Estos dulces nacieron en 1953 en la Pastelería Isidro y se asentaron en la tradición local. Hay quien dice que su nombre alude a la leyenda del gallo y la gallina, cuando un peregrino injustamente condenado fue salvado por un milagro. Sea mito o realidad, morder un ahorcadito es como probar un pedazo de historia: el crujir del hojaldre se mezcla con la suavidad del relleno. El dulzor te envuelve como un abrazo en una fría tarde de invierno.

Peras al vino tinto: La dulzura de Rincón de Soto

Un postre que no necesita alardear para conquistar. Aunque su receta se pierde en los pliegues del tiempo —algunos la vinculan a la cocina monacal, otros a las casas campesinas—, en La Rioja encontró su musa en las peras de Rincón de Soto. Apoyado en la margen del Ebro y casi acodado sobre Navarra, Rincón de Soto es un pueblo que presume de una embajadora legendaria: un romance verde bajo la variedad Conferencia. Cultivadas en los suelos fértiles del valle desde al menos el siglo XVII, cuando los agricultores comenzaron a perfeccionar su arte con esta fruta dulce, jugosa, carnosa y de buen tamaño y firmeza.

Estas peras alcanzaron la gloria en 2002 con la Denominación de Origen Protegida, la primera para una fruta en España. Son el imán de un lugar que no falta a su cita con el capricho, ya sea en fresco o cocidas lentamente en vino tinto, azúcar, canela y un toque de limón.

Así, se tiñen de rubí, con una textura sedosa y un sabor profundo donde el dulzor danza con las notas tánicas del vino. 

Pasteles rusos de Alfaro: Un misterio riojano. 

En Alfaro, los pasteles rusos —que de rusos tienen poco y de riojanos todo— cierran este viaje con una nota de misterio. Se dice que su receta llegó a principios del siglo XX, quizá traída por un pastelero con influencias extranjeras, pero fue en La Rioja Baja donde arraigó.

Merengue, almendra y una crema secreta que cada obrador guarda con celo: el pastel ruso es ligero como una nube y denso como un recuerdo. 

En la pastelería La Golosina de Logroño, un establecimiento que lleva endulzando la ciudad desde 1946, los venden como si fueran joyas. Los clientes hacen cola para llevárselos en cajas que parecen relicarios.

El golmajo de una tierra dulce: Un viaje por la tradición 

Crónicas gastronómicas de La Rioja nos invita a conocer estos dulces, junto a otros que pueblan las mesas riojanas —los mazapanes de Soto, el arrope, las rosquillas de anís—, trascienden las recetas: son un idioma. Hablan de las manos que amasaron el pasado, de las cocinas donde el fuego era el corazón de la casa, de una región que, aun siendo pequeña, tiene una despensa inmensa.

En un mundo saturado de sabores industriales, La Rioja nos recuerda que lo auténtico no necesita gritar: basta con un fardelejo partido en dos o una pera bañada en vino  para que el tiempo se detenga y el legado de generaciones vuelva a latir.

Y si le pides un ‘golmajo’ a alguien fuera de La Rioja, posiblemente nadie sabrá qué le estás llamando —quizá te mire con una sonrisa, o con desconcierto si tienes menos suerte—. Porque ‘golmajería’ es la palabra con la que, sobre todo en La Rioja Baja, se nombra a estos dulces riojanos, un término tan propio como el sabor que llevan dentro. El golmajo de una tierra dulce.

Prueba uno, y entenderás por qué aquí el golmajo de una tierra dulce es mucho más que azúcar: es raíz, es historia, es hogar.

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