Crónicas gastronómicas de La Rioja: Caparrones con sus sacramentos

Caparrones con sus sacramentos: el guiso riojano que une tradición, sabor y comunidad, cuyo hogar se encuentra en Anguiano.

Caparrones con sus sacramentosCaparrones con sus sacramentos, una tradición que desafía los siglos.

Encuentran su hogar en el corazón de la Rioja Alta, donde el río Najerilla serpentea entre montañas y el aire lleva ecos de zancos danzantes.

Es una herencia, un abrazo en forma de cuchara que calienta el cuerpo y el espíritu en los días crudos del invierno riojano.

En Anguiano, este manjar de alubias rojas y carnes robustas no se cocina: se venera. Y quien lo prueba, entiende por qué.

 

El alma cálida de Anguiano

Los caparrones, esas pequeñas alubias coloradas o pintas de piel fina y textura mantecosa, son un emblema de la idiosincrasia de La Rioja. Su historia se enreda con la vida de los agricultores que, desde tiempos inmemoriales, las cultivaron en huertas familiares para sobrevivir a los rigores del clima serrano.

Anguiano, con su suelo cascajoso y su microclima único, se convirtió en su cuna predilecta. Allí, las plantas trepadoras se alzan sobre varas de chopo o saúco, un método tradicional que asegura su crecimiento, al mismo tiempo que parece susurrarles paciencia, la misma que requiere su cocción.

El nombre «caparrón» evoca los botones de las vides, un guiño poético a su forma redondeada y su vínculo con esta tierra vinícola.

Curiosamente, en La Rioja, estas alubias también tienen otro papel: se usaban —y aún se usan— como «pitos» en las partidas de cartas, contándose con destreza entre mus y tute para animar las tardes de taberna. Pero su verdadero carácter se revela en el puchero, cuando se unen a los «sacramentos»: chorizo, panceta, costilla, morcilla, oreja y, en ocasiones, manitas de cerdo. Este compango, nacido de la matanza del gorrino, es el contrapunto perfecto a la suavidad del caparrón, una sinfonía de sabores que resuena con la memoria de generaciones.

Caparrones con sus sacramentos: Un plato que habla de comunidad

En Anguiano, los caparrones son celebración. Cada año, las Jornadas Gastronómicas de la Alubia de Anguiano transforman el pueblo en un hervidero de aromas y risas.

Una selección de restaurantes sirve menús donde este guiso es rey, acompañado de segundos platos y postres que rinden homenaje a la sierra. Pero el verdadero festín ocurre en la plaza, cuando los lugareños, guardianes de la receta, preparan caparronadas colectivas con tocino, chorizo y guindillas. Es un acto de unión, un recordatorio de que este plato nació para compartir.

El secreto del sabor: Tiempo y cariño

Pregúntale a cualquier riojano cómo se hacen unos buenos caparrones con sus sacramentos, y la respuesta será unánime: “Sin prisas”. Y no exageran.

Los caparrones de Anguiano, famosos por su cocción precisa y su textura inigualable, pasan la noche en remojo antes de danzar a fuego lento con cebolla, ajo, laurel y un sofrito de pimentón que las envuelve en un caldo denso y aterciopelado. Los sacramentos se suman con devoción: un chorizo dulce de Baños de Río Tobía, una panceta de cerdo criado en casa, una morcilla que suelta su alma al guiso.

El truco: “mimarlos” con agua fría para que no se rompan y acompañarlos con un buen vino de Rioja.

El arte de la cuchara

Probar unos caparrones con sus sacramentos es viajar. La primera cucharada te golpea con la calidez de la alubia, que se deshace sutilmente en la boca, mientras el chorizo aporta un picante suave y la panceta untuosidad. La guindilla en vinagre, servida al lado, despierta el paladar con un chisguetazo de audacia.

Es un plato contundente, sí, pero elegante en su simplicidad, un equilibrio que solo una cocina curtida por siglos puede lograr.

El mundo se ralentiza: Caparrones con sus sacramentos

En un mundo de prisas y tendencias fugaces, los caparrones de Anguiano resisten, firmes como las hayas que rodean el pueblo.

Son la prueba de que lo bueno perdura, de que un guiso puede contar la historia de una tierra y sus gentes.

Así que, lector, si pasas por La Rioja, no te conformes con una copa de vino. Busca una mesa, un puchero humeante y déjate llevar por este tesoro gastronómico. Porque en cada cuchara hay un pedazo de Anguiano, y eso, créeme, es algo que no se olvida. Y aquí, en Crónicas Gastronómicas de La Rioja, seguiremos contándolo.

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