
Fabrizio Bonnet es domador, guía ecuestre internacional y divulgador de la doma natural sin violencia. Nacido en la tradición gaucha, dejó el camino convencional para dedicarse a estudiar la relación entre el ser humano y el caballo desde una mirada basada en la confianza, la comunicación y el respeto. Durante años ha trabajado con potros, caballos de distintas razas y jinetes de diferentes países, desarrollando una filosofía propia donde la doma no es sometimiento, sino diálogo.
A través de clínicas, demostraciones y formación, comparte un mensaje de conexión consciente con el caballo, integrando tradición, bienestar animal y libertad. En el contexto de la Menorca Horse Week, su mirada conecta de forma especial con el caballo menorquín, una raza que —como él mismo describe— combina fuerza, elegancia y una profunda sensibilidad ligada a su historia y territorio.
¿Cuándo hiciste ese clic que te llevó a entender el caballo de otra manera?
Durante mucho tiempo, como tantos hombres de caballo, creí que la doma tenía que ver con enseñar al animal a obedecer. Hasta que un día comprendí que muchas resistencias que atribuimos al caballo son, en realidad, respuestas a nuestra forma de aproximarnos a él. Ahí hubo un cambio profundo.
Empecé a entender que el caballo no se conquista; se le invita. Y que cuando uno reemplaza la imposición por presencia, aparece algo mucho más poderoso que la obediencia: la confianza. Desde entonces mi trabajo dejó de centrarse en controlar y empezó a girar en torno a comprender.
¿Qué seguimos sin entender del caballo hoy?
Creo que todavía subestimamos su sensibilidad. Seguimos viendo al caballo como un animal para ser dirigido, cuando en realidad es un ser extraordinariamente perceptivo, capaz de leer tensión, intención y energía con una precisión que muchas veces olvidamos.
El caballo no responde solo a ayudas físicas; responde a quién eres frente a él. Y quizás eso es lo más desafiante, porque obliga también a mirarnos a nosotros mismos. En ese sentido, el caballo no es solo compañero: es espejo.

¿Cómo describirías al caballo menorquín desde tu experiencia?
Tiene una presencia magnética. Hay fuerza, orgullo y elegancia, pero también una sensibilidad muy fina. A mí me transmite un equilibrio muy singular entre fuego y nobleza.
Y además lleva memoria. Es un caballo atravesado por cultura, por territorio, por tradición viva. Eso le da una identidad muy poderosa.
¿De qué manera se puede respetar la tradición y avanzar al mismo tiempo en bienestar animal?
No creo en la falsa oposición entre tradición y evolución. Las tradiciones verdaderamente profundas no se debilitan cuando incorporan conciencia; se enriquecen.
Para mí el bienestar no viene a borrar cultura, sino a afinarla. Honrar una herencia ecuestre también implica preguntarnos cómo hacerla cada vez más respetuosa con el caballo.
¿Qué te gustaría que el público sintiera al verte trabajar con los caballos?
Ojalá sintieran calma. Y quizá asombro, pero no por una maniobra o una técnica, sino por ver que puede existir una relación basada en la confianza y no en la dominación.
Si alguien sale conmovido o cuestionándose viejas ideas sobre el caballo, entonces ya pasó algo importante.
Cuando te encuentras con un caballo nuevo, ¿qué es lo primero que buscas?
Escucho antes de pedir. Siempre.
Busco entender quién tengo delante: su energía, su historia, sus dudas. Porque ningún caballo “nuevo” es una página en blanco; todos llegan con memoria. Mi trabajo empieza por respetar eso.

En tu opinión, ¿cuál es el mito y cuál la realidad de la doma en libertad?
El mito es pensar que es una especie de magia o espectáculo. La realidad es que es una forma muy exigente de verdad, porque sin coerción no queda nada más que la relación.
La libertad no es ausencia de trabajo; es la expresión visible de una confianza construida.
¿Qué crees que más sorprenderá a quien te vea trabajar por primera vez?
Creo que descubrir que un caballo puede elegir permanecer contigo sin obligación.
Eso suele conmover mucho, incluso a quienes no vienen del mundo ecuestre. Porque en el fondo están viendo una conversación.
¿Qué mensaje te gustaría dejar sobre el caballo menorquín?
Que detrás de su belleza y de su fuerza hay una sensibilidad enorme.
Y que preservar una raza no es solo conservar una estética o una tradición, sino también profundizar una forma más consciente de relacionarnos con ella.

