Crónicas Gastronómicas de La Rioja: El vino clarete

Descubre el vino clarete riojano: Frescura en la Rioja Alta.

El vino clareteEl vino clarete riojano: frescura sin etiquetas. Amanece en el valle del Najerilla. La bruma aún descansa sobre las colinas de Cordovín, San Asensio, Alesanco y Badarán, donde las viñas de viura y garnacha despiertan bajo los primeros rayos de sol.

Aquí, en esta franja occidental de La Rioja Alta, se elabora un vino que escapa a las clasificaciones convencionales: el clarete.

Ni tinto ni rosado, el clarete ha sido desde tiempos remotos una expresión auténtica de esta región y de quienes la trabajan.

 

Estas tierras, custodiadas por generaciones, han sido siempre fuentes de historias. Y entre sus relatos más genuinos, el del clarete merece un capítulo aparte. Fue un vino de casa, de bodega familiar, de porrón y risa. Un vino humilde en apariencia, pero lleno de matices, que conquista a paladares curiosos. Aunque durante años fue relegado a un discreto segundo plano, en la actualidad, gracias al empuje de viticultores comprometidos y al renovado interés de los aficionados, vuelve a ocupar su lugar con dignidad, con identidad propia y una vivacidad que seduce.

Más que un vino intermedio: Silencio, piedra y vino

En La Rioja, el clarete no responde a modas, es una forma concreta de entender la viña y la convivencia.

Para los riojanos no es lo mismo un rosado que un clarete. La diferencia va más allá del color o el nombre: nace en la viña y se concreta en la bodega.

Mientras el rosado se elabora a partir de uvas tintas por sangrado, sin contacto con los hollejos, el clarete surge de la fusión de uvas tintas y blancas fermentadas conjuntamente, en presencia de sus pieles. Este proceso, más cercano al de los tintos, aporta estructura, esa acidez alegre y una leve nota tánica que invita a seguir bebiendo.

En Cordovín, por ejemplo, las cepas de garnacha y viura crecen entremezcladas, como lo han hecho desde siempre. La garnacha aporta fruta y estructura; la viura, frescura y tensión. De esta fusión nace ese vino de color piel de cebolla, brillante y sutil, que se bebe con ligereza, pero deja huella.

Pedir “un cordovín” en cualquier bar de la zona es pedir un vino clarete. Y no es casualidad. Este pueblo es un verdadero referente, tanto por la calidad de sus uvas como por la fidelidad a una forma de elaborar que no ha necesitado etiquetas para mantenerse vigente.

Muchas familias conservan bodegas excavadas en la roca, donde la temperatura constante y la humedad natural ofrecen las condiciones ideales para el reposo del vino. En uno de estos espacios subterráneos, un productor local continúa elaborando claretes con el mismo espíritu de antaño, incorporando elementos técnicos como el trabajo con lías, el uso de cemento o incluso barricas rotatorias, sin perder la esencia del clarete clásico.

En nariz, estos vinos despliegan aromas a fresas silvestres, cítricos y flores blancas. En boca, se muestran vibrantes, con una acidez marcada y un final ligeramente amargo que recuerda a la piel de naranja. Servidos bien fríos, acompañan desde un aperitivo sencillo hasta un guiso tradicional, pasando por arroces y parrilladas.

Nuevas miradas desde el viñedo

En Badarán, Alesanco y San Asensio, bodegas familiares siguen apostando por el clarete como un vino con recorrido. Las vendimias tienen su propio ritmo, y cada cosecha refleja un equilibrio distinto entre fruta y estructura. Algunos viticultores experimentan con proporciones de uva, con crianza parcial, con matices de barrica o depósitos de hormigón. El objetivo no es reinventar el clarete, sino ampliar sus registros sin perder su verdad.

Voces que hablan desde la viña

Detrás de cada botella hay historias que se transmiten sin necesidad de grandes discursos.

En Cordovín, una viticultora recuerda cómo su padre pisaba las uvas en los lagares de piedra, y cómo ese clarete casero, con su frescor rústico y su aguja natural, era el premio al esfuerzo.

En Badarán, otro productor recorre sus viñas señalando cómo cambia el color de las hojas según el tipo de suelo. Para él, cada parcela tiene una voz, y el clarete es la suma armoniosa de todas ellas.

Memoria líquida: Vino clarete

Para mí, escuchar la palabra “clarete” es regresar a mi infancia a la bodega de mi familia, en Cordovín. Allí, entre cubas fresquitas y porrones compartidos, aprendí que el vino también puede ser memoria, vínculo y celebración sencilla. Y en San Asensio, este sentimiento colectivo alcanza su máxima expresión durante la célebre Batalla del Clarete, una fiesta popular que empapa las calles cada verano con color y la alegría de este vino.

Su nombre se pronuncia con orgullo y ternura. Suena a campo, a sobremesa que se alarga, a risas que se escapan entre vasos. Clarete, tres sílabas que caen suaves, como el primer trago en una tarde de verano. ¿Un vino clarete? Claro. 

Un brindis renovado: Vino clarete

El clarete empieza a recuperar el prestigio que nunca debió perder. Ya no es un vino “de segunda”, es una expresión viva de Rioja, que sabe conectar con la nostalgia sin quedarse anclado en el pasado. Perfecto para una comida informal, una paella al sol o una conversación sin prisa. Porque a veces, el mejor vino no es el más complejo, es el que más fácil se queda en el recuerdo.

Así que la próxima vez que escuches “clarete”, no pienses en lo que fue. Piensa en todo lo que aún puede ser. Rioja en estado puro. Fresco. Cercano. Inolvidable.

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